lunes, 18 de febrero de 2008

NOSOTROS (2ª PARTE)

Manuel comenzó a contarnos entre lágrimas lo que le había ocurrido

Como a los diez minutos de salir del asilo se levantó un fuerte viento, y cómo su sombrero salió volando, sin pensarlo, y como acto reflejo, soltó a Amparo e intentó correr, a su paso, para poder cogerlo. Pero el sombrero y el viento eran más rápidos que él, y se fueron alejando y Manuel les siguió.

En la carrera de anciano tropezó. Y cayó en un charco de barro. Cuando consiguió levantarse, el sombrero ya no estaba al alcance de su vista, pero lo que era peor, Amparo tampoco.

Cuando llegó a este punto de la historia. Manuel se derrumbó y las lágrimas fueron en aumento. Él sabía, todos sabíamos, que su mujer jamás podría llegar por sus propios medios hasta nosotros. Habíamos perdido la cuenta de los años en los cuales, su memoria sólo la dejaba recordar su pasado más lejano.

Manuel continuó relatando cómo habían transcurrido las últimas tres horas buscándola desesperadamente por toda la ciudad. Angustiado, pensando en el vacío que ella pudiera estar sintiendo. Enojado consigo mismo por haberlo vuelto hacer. Perderla. Sabedor de que le volvería a costar mucho que le permitiéramos hacer otra salida con Amparo.

Nosotros sufríamos viéndole. A todos nos constaba el gran amor que Manuel profesaba por su mujer. Ese ser desvalido pero con sonrisa perpetua cuando salía del asilo del brazo de su marido.

Sonó el teléfono del despacho en el que nos encontrábamos. Era la policía. Todos nos quedamos mudos mirando la cara de quien había descolgado y contestaba con monosílabos. Al colgar, queríamos arrancarle las palabras.

Manuel lloraba. Su cara y la nuestra cambiaron inmediatamente al saber que Amparo había sido encontrada. Alguien la había visto vagando por la ciudad y había avisado a la policía. En su bolsillo derecho habían hallado una tarjeta del asilo.

Al preguntarle a Manuel sobre ella, nos contó que era lo primero que había tenido a mano para escribirle su nota de amor de ese día.
Todos sabíamos que llevaba haciéndolo más de cincuenta años.

Y esta vez, había servido para mucho.

Al poco tiempo llegó Amparo, acompañada de dos policías.
Sonrió hasta llegar a nosotros.
Sonrió, mientras atusaba el pelo de Manuel.
Sonrió cuando él la abrazó.
Fue ese día cuando Manuel perdió su sombrero y también perdió a su mujer.
No era la primera vez y todos sabíamos que tampoco sería la última.

2 comentarios:

Gizela dijo...

Gracias por la visita
Linda historia.Sentí alivio cuando llego el final...feliz
Estaré pendiente para nuevas visitas
un beso Gizela

mi despertar dijo...

Que interesante ¿de dónde te salen tantas ideas?
Besos